domingo, 11 de julio de 2010

Tres cafés con una amiga

La primera vez fue simple, clara. Como un reconocerse después de tanto tiempo. La ciudad estaba húmeda, entre niebla y hastío, y él caminó a su lado. Se habían topado por azar y fue nada más que un arrastrar de sillas hasta la mesa, un mirarse profundamente, un río de palabras que salieron de sus ojos y no de sus bocas. La ciudad estaba calma, pesada, sombría y era como si doliese no entrar en ese orden cerrado y pleno del bar, a esa hora, con esas luces tenues y todos esos viejitos tan amables rodeándolos sin mirar. No fue tanto por el café o por lo dicho, sino precisamente por el silencio de almohadones de terciopelo, una fina malla de aire, un aletear verde constante de las pestañas con olor a lavanda, un recuerdo de un cuarteto de cuerdas que ahora se escapa.

La segunda vez todo fue más sofisticado, más complejo. El mecanismo del encuentro estaba previsto. Subieron al 105 que iba para el lado del puerto, pero sus manos se tocaron un instante. La electricidad producida fue tanta que hubo que abandonar el experimento para más tarde. Se bajaron antes porque había ganas de comida caliente, llovía y el frío doblaba los cuerpos. Sabían que ese encuentro era una reiteración en el tiempo pero también aceptaron la precisión de esa pompa de jabón e instalaron un orden minucioso en esa liviana residencia. Un desafío les pasaba cada tanto por los ojos que volvían a chocarse una y otra vez, pero ya estaban entre platos y salón y tenedores. Todo parecía tan natural, como siempre que no se sabe la verdad.
Sonrieron pensando en sí mismos, desarreglados, el pelo hacia atrás, las manos en algún bolsillo... Parecían tener un aire jovial y tranquilo, balanceando sus cuerpos pero esta vez el cielo no estaba plácido, los árboles del Congreso, los colores de los colectivos no estaban seguros frente al problema de la Noche. Habían resuelto la comida y una posible función de cine. Pero no había confianza en su poder, y las manos se apretaban en los bolsillos como una idea rubia y extraña, ladina, una idea fija sobre un fondo fijo.

La tercera vez fue fatal.
Se dice que cada encuentro ilumina la vida bajo una luz igualmente única y singular. Cada encuentro traza un mapa diferente del mundo y en ese sentido cada encuentro es como una casa del secreto, habitada por un grupo humano determinado.
Esa última circunstancia no tuvo muchos detalles. Casi ninguno. Estuvo el mismo café, había íntimas esperanzas de comida caliente y de electricidad pero los hechos se precipitaron. Ambos habían cerrado tantas valijas en sus vidas, y se habían pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ningún sitio, que el plan les quedó claro como un látigo que azota indirectamente.
Justo entre el primer café y el segundo, y no por deslealtad, ya tenían naturalmente su plan concebido. Sin reproches y casi sin hablar guardaron constancia de lo acontecido, repasaron con la mirada una vez más el cuerpo del otro, y lo que el otro debía hacer. No hubo dilaciones. No hubo entrega. No hubo de qué avergonzarse.
Primero se levantó él, pagó y se alejó rápidamente hacia la esquina. Se detuvieron los coches y cruzó, llegando hasta la Plaza. Siguió andando, siempre calmoso. Una canasta con flores le recordó la verja de una casa en Palermo, en Lanús, ya no sabía, un beso entre jazmines de alguna noche inconcebible le impidó volver a mirarla.
Ella esperaría también un rato y saldría luego por la misma puerta, pero hacia el lado opuesto. Andarían callándose un buen rato hasta subir al colectivo.

Todo se había vuelto veloz e higiénico. Al día siguiente, no por miedo, no por odio, matarían a sus jefes de oficina.


Domingo 11/7/2010

2 comentarios:

  1. Qué final!!!!! Jamás lo hubiera sospechado. Realmente electrizante.

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  2. Gracias, Oscar! Fue un calco de lecturas de Cortázar y Onetti juntos

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